La Argentina que Kristalina Georgieva nos prometió
Por @todopasamdp
A ver... si uno escucha la música que trajo la comitiva del Fondo y los discursos oficiales de estos días, el libreto suena impecable. Cero emisión, déficit recontra muerto, confianza en los mercados y aplausos en los pasillos de Washington. Todo muy prolijo en la planilla de Excel. Pero hay un detalle que nadie te pone en la marquesina cuando te venden el milagro de la estabilidad a cualquier precio: ¿qué pasa cuando la receta está pensada para una economía donde la mitad de la gente directamente sobra?
Para entender hacia dónde nos quieren llevar no hace falta adivinar nada ni especular con teorías de laboratorio. Basta con mirar a Bulgaria.
Allá por el '97, después de una hiperinflación salvaje que les pulverizó la moneda y se llevó puestos a diez o doce bancos en cuestión de semanas, la medicina que les recetó el FMI fue anestesia total sin cirugía reconstructiva. Le entregaron las llaves de la política monetaria a una Junta Monetaria dura, ataron el lev por ley, congelaron el presupuesto a machetazo limpio y dijeron "de acá no se mueve nadie". Y la inflación bajó, claro. En un par de meses pasaron de la locura a la paz de los cementerios.
O sea, el experimento fue un éxito rotundo para los contadores. Bancaron esa convertibilidad rígida casi tres décadas, terminaron entrando a la Unión Europea y ahora, en este 2026, adoptaron el euro de forma definitiva.
El tema es la letra chica que no entra en los folletos de propaganda. Para que esa cuenta diera superávit perfecto y las metas se cumplieran al milímetro, el país se tuvo que vaciar por dentro. Se les fueron casi dos millones y medio de personas. Pibes jóvenes, enfermeras, ingenieros, torneros, cualquier chabón con un oficio o un título abajo del brazo que vio que en su pueblo no había futuro para los próximos veinte años. Pasaron de rozar los 9 millones de habitantes a arañar los 6 millones con suerte. Una sangría demográfica brutal.
Pensándolo bien... siempre me pareció una ironía siniestra que la máxima autoridad del Fondo hoy sea justamente una búlgara que creció en Sofía haciendo colas para conseguir mercadería. Te habla de la inflación de su mamá con tono emotivo, pero el remedio que administraron en su tierra terminó generando que miles de mamás cobren la jubilación gracias a la plata que les giran sus hijos desde un locutorio en Madrid o una app en Alemania. Porque allá la principal "industria" durante años no fue la energía ni la producción: fueron las remesas. El dinero de la diáspora para pagar la luz y los remedios de los viejos que se quedaron solos en el interior.
Si uno proyecta esa película acá, el paisaje da escalofríos.
Imaginate una Argentina dentro de quince años donde el dólar ni cotiza porque está atado por ley o dolarizado del todo, donde las paritarias son un recuerdo prehistórico y los diarios celebran el riesgo país en mínimos históricos. Hermoso. Pero vas a un hospital público en el conurbano o acá en Mar del Plata y no encontrás un solo médico menor de cincuenta años porque los pibes que se recibieron en la universidad pública juntaron las millas y se fueron a hacer guardias a Europa. Las guardias atendidas por profesionales al borde de jubilarse, el presupuesto de salud recortado al mínimo para garantizar el pago de la deuda y la gente teniendo que gatillar de su propio bolsillo hasta las gasas si no quiere morirse en un pasillo.
Y Ezeiza convertido en la verdadera aduana del modelo. No para embarcar granos ni gas, sino para despachar el capital humano que la economía local no tiene la menor intención de absorber. Una sociedad dividida en dos: de un lado, un sector concentrado vinculado a los extractivos que la pasa bomba con moneda fuerte; del otro, una inmensa mayoría que tiene que decidir si se resigna a sobrevivir de la mensualidad que manda un pariente desde afuera o si junta las cosas y pasa a ser parte de la estadística de la emigración.
Qué sé yo... a veces pienso que el peligro no es que estas políticas fallen. El verdadero problema es cuando salen exactamente como las diseñaron. El número cierra, los bonistas cobran, la inflación es un fantasma del pasado... pero en el medio te quedó un país sin gente. O peor: con la gente adentro, pero sintiendo que sobra en su propia tierra.

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