Aldosivi al golpe por golpe no trajo puntos desde Mendoza
Nueva derrota del Tiburón, ésta vez ante Independiente de Mendoza por 4 a 3. Valía ir por el todo o nada, pero fue nada.
Terminó cuatro a tres. Un partidazo para el neutral, una tortura crónica para el hincha del Tiburón que tuvo que sufrir cada desatención defensiva como si fuera un puñal oxidado.
El arranque ya venía cruzado. Entre la enfermería llena —mirá que faltaban Palavecino, Alan Sosa, Cufré, un verdadero hospital campaña armó el cuerpo técnico entre lesiones y malas suertes previas— y el movimiento táctico obligado, la cosa pintaba cuesta arriba. A los nueve nomás, Gonzalo Ríos rompió el cero para la Lepra. ¡Pum! Gol de vestuario. Por suerte el equipo reaccionó rápido, porque a los doce Tomás Fernández la empalmó con alma y vida para silenciar un rato el estadio. Pero duró poco el respiro. A los dieciocho, Florentín y después Arce de penal —sí, un manchón ahí en el área que dejó bastantes dudas y protestó todo el banco— estamparon un lapidario tres a uno con el que se fue el primer tiempo.
Pensándolo bien, levantarse de ese 3-1 requería una épica milagrosa. Y el equipo, dentro de sus limitaciones y con los pibes saltando a la cancha porque no queda otra, fue al frente.
Sanguinetti lo tiró clarito en la conferencia de prensa, con esa gestualidad de tipo curtido que ya vio de todo en esto del fútbol: "Si seguimos peleando de esta manera, en la última fecha vamos a estar con vida". Y tiene razón, qué sé yo. El tipo no se escuda en cassette ni en excusas baratas. Reconoció que el rival es superior, que tiene jerarquía, que hace tiempo vienen con un proceso aceitado que a nosotros nos cuesta horrores equiparar con billetera, pero rescata la valentía.
En el complemento se vio lo mejor de la rebeldía marplatense. A los catorce, Lucas Castro achicó diferencias con una jugada de esas que te reaniman la fe cuando ya estás mareado. El partido se rompió del todo. Era ida y vuelta, un descontrol hermoso y peligroso. Buscando por acá, metiendo variantes —adentro González, Godoy, Chávez, Moya, Dadin, todo lo que había en el banco para dar aire—, Aldosivi fue a buscar la parda con el cuchillo entre los dientes.
Pero claro, cuando vas a matar o morir, el margen de error desaparece. A los treinta del segundo tiempo, otra vez apareció Arce para estirar la ventaja local. Cuatro a dos. Parecía sentencia definitiva.
Sin embargo, estos muchachos no bajaron los brazos. A los cuarenta y siete, ya casi con el tiempo cumplido y el oxígeno escaseando en los pulmones, Joaquin Pombo empujó una pelota abajo del arco para poner el tercero y dejar el marcador en un ajustado cuatro a tres que honra el esfuerzo pero duele en la tabla.
No alcanzó, obvio. Nos volvemos con las manos vacías desde Cuyo, con la bronca lógica de haber regalado demasiado en defensa y con la sensación amarga de que a este nivel los detalles te matan. Pero el DT lo dijo sin vueltas: los goles duelen, los fallos en jugadas divididas también sumaron lo suyo —un foul previo que reclamó Martín y que el árbitro dejó seguir—, pero la actitud no se negocia.
Habrá que seguir remándola, como toda la vida en este club. Quedan semanas por delante y si se juega con esta misma locura y este hambre, la historia va a terminar acomodándose sola. O al menos eso queremos creer.
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