Cancelame esta: el mito del país intolerante y la hipocresía del Primer Mundo
Por @todopasamdp A ver, tirás un cantito desafortunado en una tribuna o ganás un partido importante y automáticamente se activa la máquina de dictar cátedra ética desde los escritorios de París, Londres o Washington. Es casi un relojito. Nos miran con esos anteojos ajustados a sus propios traumas coloniales y étnicos, sacan la libretita de apuntes morales y pretenden encajarnos el rótulo de sociedad cavernícola, como si acá viviéramos persiguiendo gente por la calle. Un disparate total. Cortita y al pie. Porque la verdad —o bueno, al menos lo que muestran los papeles cuando alguien se molesta en medir las cosas en serio y no en tuitear indignado desde un departamento en Brooklyn— es que la realidad de este país destruye cualquier opereta. Schteingart reflotó estos días en las redes unas placas del World Values Survey (creo que eran datos juntados allá por el 2017 o 2022, una tanda amplia de esos relevamientos globales) procesados por la gente de Argendata. Y los números son...