Cancelame esta: el mito del país intolerante y la hipocresía del Primer Mundo

Por @todopasamdp

A ver, tirás un cantito desafortunado en una tribuna o ganás un partido importante y automáticamente se activa la máquina de dictar cátedra ética desde los escritorios de París, Londres o Washington. Es casi un relojito. Nos miran con esos anteojos ajustados a sus propios traumas coloniales y étnicos, sacan la libretita de apuntes morales y pretenden encajarnos el rótulo de sociedad cavernícola, como si acá viviéramos persiguiendo gente por la calle.
Un disparate total. Cortita y al pie.
Porque la verdad —o bueno, al menos lo que muestran los papeles cuando alguien se molesta en medir las cosas en serio y no en tuitear indignado desde un departamento en Brooklyn— es que la realidad de este país destruye cualquier opereta. Schteingart reflotó estos días en las redes unas placas del World Values Survey (creo que eran datos juntados allá por el 2017 o 2022, una tanda amplia de esos relevamientos globales) procesados por la gente de Argendata. Y los números son una piña de frente para la superioridad moral europea.
O sea, hagamos la prueba.
Les preguntás a las personas a quién no querrían tener de vecino en el piso de al lado. En la categoría de raza, Argentina marca un 2,7%. Casi nada, un margen de error. Cruzás el Atlántico y en España se les salta la cadena al 12,7%, y en Francia andan bastante más arriba que nosotros. ¿Inmigrantes o trabajadores extranjeros? Acá apenas al 4,1% le mueve la aguja, mientras que del otro lado del charco —con todo el verso de la integración comunitaria que te venden en las cumbres internacionales— el rechazo escala a más del 13%.
Hay algo muy gracioso (y bastante patético) en ver a países con un pasado colonial sangriento dar lecciones de convivencia mientras les da un ataque de pánico si un extranjero alquila en su misma manzana.
Y si nos metemos en la cama del vecino, la cosa es todavía más alevosa. La resistencia a tener un vecino homosexual acá anda en el 8,6%, muy por debajo del 13% de Estados Unidos o España, por no hablar de lo que pasa en partes de Asia o Europa del Este donde los porcentajes dan directamente miedo. Ni hablar del estigma con el VIH, donde la empatía barrial criolla es abrumadora si la comparás con los recelos paranoicos del norte.
No es que seamos santos. Ni a palos. Tenemos mil miserias cotidianas, una lengua filosa e irónica y ese folklore futbolero ruidoso que a los puros de espíritu les da taquicardia. Pero en el día a día, en la vida real, en el bondi o en el pasillo del edificio, hay una humanidad de entrecasa. Una capacidad de convivir sin pedir certificado de origen ni medirle el color de piel al de al lado que allá no consiguen ni redactando quinientas leyes antidiscriminación.

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