Kicillof: Un candidato corriendo con chaleco de plomo

 


Por @todopasamdp

Kicillof busca proyectarse como el heredero natural de la oposición para 2027, pero la trampa financiera de la Casa Rosada amenaza con desgastarlo antes de llegar a la meta. Cómo gobernar la provincia más grande del país cuando Balcarce 50 te apaga los motores en pleno temporal. Y los propios?

¿Cómo hizo la provincia para no explotar durante los últimos 30 años? Con parche, alambre y el tubo de oxígeno que le tiraban sin falta desde Balcarce 50.

Esa es la verdad incómoda. Durante tres décadas, la Provincia de Buenos Aires sobrevivió a su deformación fiscal histórica gracias a la billetera discrecional de la Nación. Se llamara Fondo del Conurbano, Aportes del Tesoro o partidas especiales para seguridad y educación, el pacto implícito era siempre el mismo: la Rosada le transfería los recursos que la ley de coparticipación del 88 le había serruchado para evitar que el Conurbano se convirtiera en un incendio ingobernable.

Pero Javier Milei vino a romper ese pacto. Cerró la canilla, cortó los giros no automáticos y dejó a Kicillof colgado del pincel.

Ahí es donde la ecuación presidencial del gobernador empieza a crujir.

El "modelo alternativo" sin chequera

Pensándolo bien, la ambición nacional de Kicillof se choca contra un dilema de hierro. Para proyectarse hacia 2027 como la alternativa al experimento libertario, el gobernador necesita mostrar gestión. Necesita demostrar que "un Estado presente" funciona, atiende hospitales, paga sueldos dignos a los docentes, mantiene patrulleros en la calle y sostiene la obra pública.

Pero, a ver, ¿cómo mostrás la eficiencia de tu modelo cuando el Gobierno nacional te retiró la muleta financiera y te dejó administrando la provincia más poblada del país con los ingresos recortados a la mitad?

O sea, no hay magia. Sin los giros discrecionales, el gasto bonaerense se vuelve insostenible. Si Kicillof ajusta para no entrar en déficit, rompe su propio contrato electoral con el electorado progresista y peronista. Pero si no ajusta y la provincia entra en parálisis de servicios, el costo político se lo cobran a él en las pantallas de televisión de todo el país.

El cementerio de los gobernadores

La historia argentina es implacable con la calle 6 de La Plata. Eduardo Duhalde, Daniel Scioli, María Eugenia Vidal... la lista de quienes intentaron saltar desde la gobernación bonaerense hacia la Casa Rosada está llena de abolladuras. La provincia siempre funcionó como una trituradora de ambiciones nacionales.

Kicillof enfrenta hoy una versión corregida y aumentada de esa misma trágica tradición:

  • Doble desgaste simultáneo: Sufre el impacto del ajuste nacional en su recaudación propia (porque la recesión desploma Ingresos Brutos) y al mismo tiempo recibe la marea de demanda social de familias que pierden la prepaga, el colegio privado o la red de contención nacional y van a golpear la puerta del hospital o la escuela pública provincial.

  • La narrativa enemiga: Para el relato oficialista de La Libertad Avanza, cualquier falla en el territorio bonaerense no es hija del recorte de fondos, sino de la "mala praxis socialista" de su gobernador. Cada paro docente, cada reclamo policial o cada bache en una ruta provincial se convierte en un spot electoral contra la candidatura de Kicillof.

  • Y los propios? A ver, porque la historia no termina en la motosierra libertaria. El verdadero dolor de cabeza de Kicillof empieza cuando mira hacia los costados y descubre que el fuego amigo quema más que las ráfagas de la Casa Rosada. Mientras él intenta ponerse el casco de líder de la resistencia, varios caciques provinciales —con Osvaldo Jaldo y Raúl Jalil a la cabeza— prefirieron vestirse con el traje de "peronistas dialoguistas" para garantizarse la supervivencia de sus propios distritos. Negocian votos en el Congreso por un goteo de fondos y dejan al bonaerense predicando solo en el desierto. O sea, el pragmatismo al mango. Y si a eso le sumás la interna voraz con el kirchnerismo duro, que le cobra caro cualquier amago de autonomizarse, la ecuación se vuelve insólita: Kicillof tiene que hacer malabares para no ahogarse en la gestión diaria mientras en su propio partido lo miran de reojo o le militan el desgaste. Pensándolo bien, es la vieja máxima del movimiento en época de vacas flacas: cuando la caja se achica, la lealtad se convierte en un lujo que casi nadie en las provincias quiere pagar.

Un candidato corriendo con chaleco de plomo

Al final del día, Kicillof se encuentra atrapado en una carrera contra el tiempo. Es el rival más visible de Milei porque gestiona el 40% del país, pero es también quien recibe de lleno la metralla de la política económica nacional sin escudo ni casco.

La pregunta que flota en el aire de la política ya no es solo si el gobernador tiene la fuerza partidaria o la tropa para liderar al peronismo. La pregunta real, la que quema, es cómo piensa construir un proyecto victorioso mientras pilotea un barco que fue diseñado para navegar con dos motores y al que la Casa Rosada le apagó el principal en pleno temporal. Si logra llegar a la orilla sin naufragar va a ser un titán, pero el desgaste del viaje puede dejarlo tan raspado que la victoria sea apenas pírrica.

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