Mujeres frente al Industricidio del cuidado en la era Milei

 


Por @todopasamdp

A ver, arranquemos por un dato que a más de uno en una mesa de café le daría un cortocircuito.

Allá por el 2022, al Ministerio de Economía se le dio por calcular algo que casi nadie mira: cuánto vale en plata limpiar la casa, cocinar, cuidar a los pibes o llevar al abuelo al médico. O sea, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. ¿El resultado? Esa masa de laburo invisible representó nada menos que el 16,8% del PBI argentino. Le ganó a la industria manufacturera, que arañó un 16,3%, y al comercio, que quedó en un 16,2%.

Pará un poco. Lean bien. Las tareas de cuidado hechas en las casas mueven más valor en este país que las fábricas, las metalúrgicas y los comercios. Tremendo.

Pensándolo bien, la ecuación es básica. Ningún obrero va a la fábrica, ningún empleado atiende un mostrador y ningún profesional produce nada si no comió, si no tiene la ropa limpia o si no hay alguien bancando la parada con las infancias. Es la infraestructura básica de la vida. Pero claro, como se presupone que se hace "por amor" o puertas adentro, la contabilidad tradicional siempre lo ignoró.

El problema grave arranca cuando el Estado decide correrse del medio.

Porque este año el Observatorio de MuMalá, junto con el ISEPCI, sacó un informe nacional durísimo —de esos que pegan en el estómago— analizando justamente cómo se vive hoy, transcurridos dos años y medio de ajuste feroz. La muestra abarca más de 1.500 mujeres y personas disidentes de todo el país. Y los números muestran clarito qué pasa cuando la red pública de contención se deshace.

Cuando el Estado recorta un 27,7% los programas sociales, le tijeretea un 23,6% a las jubilaciones o deja de mandar comida a los comedores comunitarios, esas necesidades no desaparecen mágicamente. La gente sigue necesitando comer y los ancianos siguen necesitando remedios. Lo que cambia es quién absorbe el impacto.

Y lo absorben las mismas de siempre, pero con el agua hasta el cuello.

Miren lo que arroja el relevamiento de MuMalá:

  • Un 70% de las encuestadas dice que su situación es peor que hace seis meses.

  • El 88% recortó sus compras y consume menos o mucho menos.

  • En el 87% de los hogares se tuvo que achicar la calidad o la cantidad de la comida (dejar la carne, bajar los lácteos, saltearse frutas).

  • Más grave todavía: un 42% reconoce que en su casa algún integrante tuvo que saltearse directamente una comida por falta de guita.

A ver, achicar la comida es el último escalón antes del abismo. Pero la cosa no queda ahí.

Para intentar tapar los agujeros de la canasta básica, la gente recurre al fiado, a la tarjeta o a lo que sea. El 63% de las encuestadas está endeudada. Y no para comprarse un televisor o irse de vacaciones; se endeudan para comer, pagar el gas o comprar los remedios. Mercado Pago y las billeteras virtuales explotan con créditos a tasas usurarias (un 32% los usa), mientras las deudas con tarjetas bancarias rozan el 49%. Y en los barrios más golpeados entran a jugar los prestamistas informales, con los riesgos salvajes que eso implica.

Al final del día, el laburo no remunerado se duplica. Hay que salir a hacer changas o agarrar un segundo empleo —el pluriempleo saltó al 29%, casi el doble que el año pasado— y encima volver a casa a cocinar desde cero, remendar ropa o caminar cuadras buscando ofertas para que la guita rinda un par de días más.

El costo humano de esto es brutal. El 86% manifiesta síntomas físicos directos por el estrés (insomnio, dolores de cabeza, contracturas), un 81% vive con sensación de desborde emocional y más del 60% se declara en un estado constante de preocupación.

(Pensándolo mejor, la salud mental a esta altura ya no es un problema individual, es un tema de salud pública que nadie está atendiendo).

En fin, el panorama es bastante claro. La economía no funciona sin el laburo de cuidado. Intentar equilibrar las cuentas públicas a costa de destruir los ingresos y retirar la contención estatal no elimina el costo: solo lo traslada a la espalda de miles de familias que ya no dan más. Se está quemando el motor que sostiene todo. Y cuando ese motor termine de fundirse, no va a haber planilla de Excel que alcance.

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