El Mundial de las dos finales


Por @amarcosfranco 

Este Mundial nos dejó masticando bronca el último domingo contra los Españoles, sí, con los pibes diezmados y las piernas hechas hilachas por las lesiones que nos venían limando el motor, pero la verdadera gloria ya la habíamos manoteado unos días antes. Nos tocó jugar dos finales. Una fue la del cuerpo; la otra, la del alma.


La de Atlanta fue la de las tripas


A ver, pensándolo bien, ganarle a Inglaterra con ese zarpazo agónico sobre la hora no fue una simple llave eliminatoria, por más que los analistas perfumados de la televisión, el gobierno de Milei y algunos protagonistas sorprendidos nos querían convencer en la previa que era "solo un partido" (qué ganas de no entender nada del peso de la historia, por favor). Cuando terminó esa guerra y apareció la sábana vieja pintada con marcador negro en medio del césped moderno de Estados Unidos —tosca, desprolija, levantada por pibes que son estrellas mundiales pero que tienen el mapa grabado en la piel— algo se rompió para siempre. Fue quitarse una mochila de cemento. Se sintió como un abrazo ensordecedor con nuestra identidad y, al mismo tiempo, como una patada en los dientes a la asepsia del negocio corporativo que nos prefiere mudos y anestesiados.


Hoy los rumores de una presión ante los jugadores por aquella bandera y futuras sanciones caló ondo en los descreídos por cómo el partido se desarrolló.


Después, claro, vino la otra final. La del calendario. Nos tocó ir a pelear el partido por la copa con el tanque en reserva titilando, sin nafta en las piernas y con medio equipo metido en la enfermería. El físico dijo basta. Era una fija que se iba a hacer cuesta arriba contra una España que venía tocando fino y sin ese desgaste emocional tan bestial encima. Pero la historia grande no se escribe solo con los que dan la vuelta olímpica rodeados de papelitos de colores de la FIFA.


Me hace acordar un poco, qué sé yo, a la mística de Italia 90, esa mezcla hermosa de orgullo y dolor que te queda cuando te vacías entero por una causa que va muchísimo más allá de la pelota. Este torneo fue el mejor de todos justamente por eso: porque nos dio la épica y el sufrimiento en la misma copa.

Nos quedamos sin la de oro, es verdad, pero el trapo escrito con fibrón en la cara de los ingleses... eso no nos lo saca nadie en la vida.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Una sabana y un fibron

El canon de las plataformas como motor de reconversión