Una sabana y un fibron


El descontrol en Atlanta todavía dura. Esos seis minutos finales donde lo dimos vuelta con el gol agónico de Lautaro, en medio de un griterío que se debe haber escuchado desde la Patagonia hasta Alaska, nos dejaron el corazón en la boca, pero la verdadera victoria, la que va a quedar flotando en el aire mucho después de que termine este Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, se dio un rato después. Pasó en el césped. Lejos de los flashes de la FIFA y de los sponsors corporativos que intentan convencernos de que el deporte es un producto envasado al vacío para consumir masticando pochoclos en un shopping, apareció una sábana vieja. Escrita con fibrón negro, desprolija, rústica si querés. "Las Malvinas son Argentinas". Cortito y al pie.

"Solo un partido"
A ver, antes del partido, la máquina de instalar sentido de la derecha mediática local ya venía haciendo su juego de siempre. Nos quisieron vender la moto de que era "solo un partido". Que los pibes de la Scaloneta viven en Europa, que cobran en euros, que juegan con los ingleses todas las semanas en la Premier y que esas "viejas nostalgias nacionalistas" ya no les entran en la cabeza. O sea, querían un fútbol anestesiado. Les da alergia que la realidad les salpique el traje. Les dinamitó el libreto en dos segundos. Demostró que la memoria no se compra en el mercado de pases.
El tablero mundial
Es que les guste o no a los burócratas de Zurich, el fútbol sigue siendo el escenario geopolítico más grande del planeta. Es una caja de resonancia brutal. Pasó hace nada con el entrenador de Egipto mostrando la bandera de Palestina en pleno genocidio en Gaza, desafiando en la cara la doble vara de una FIFA que sanciona según el color de piel del que protesta o la conveniencia del norte global. Si la puesta en escena la arma Europa por Ucrania, se tiran flores y lo llaman "compromiso humanitario"; si la armamos nosotros por el Atlántico Sur, es "un mensaje político condenable". Una hipocresía insoportable.

El eco en Londres y las bancas vacías acá
La ironía es total. Mientras acá los analistas de café se preocupaban por el costo de la multa en dólares que nos iba a clavar el tribunal de disciplina, en Londres acusaron el golpe. El mismísimo Simon Jenkins escribió una columna en The Guardian admitiendo que, tras el acuerdo británico con España por Gibraltar, las Malvinas no van a poder ser inglesas para siempre. Qué querés que te diga. El tipo vio el trapo de los jugadores en la cancha y entendió que esa espina no se la sacan más.
Pero claro, cruzar el charco y mirar lo que pasa en nuestro Congreso te devuelve a la realidad de un hondazo. Al mismo tiempo que los pibes ponían la historia en la pantalla global, acá en Buenos Aires el Senado se quedaba sin quórum. Se borraron. No quisieron sentarse a discutir la modificación de la ley de tierras y la brutal extranjerización de nuestros recursos que ya habían negociado. Así de esquizofrénicos somos. Les encanta colgarse de la camiseta para la foto del éxito, pero cuando hay que defender el territorio con la lapicera, miran para otro lado .
Qué sé yo, a mediados de año siempre se mezclan las pasiones con las miserias de la política de cabotaje. Al final, menos mal que nos quedan los jugadores para recordarnos quiénes somos. Si dependemos de los trajes del Senado, ya nos hubieran loteado hasta el alma. 

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