La paradoja del boleto a $1.922: cuando viajar en colectivo sale más caro que bajarse de él
Por @todopasamdp
Para el laburante marplatense, arrancar este lunes no fue solo cambiar la hoja del almanaque; fue enfrentarse a un nuevo e impiadoso golpe de gracia al bolsillo. Desde las primeras horas de hoy, la tarifa plana del colectivo pasó a costar $1.922. Un número que asusta por sí solo, pero que se vuelve obsceno cuando se lo desarma con la calculadora en la mano.
Hagamos memoria y matemática rápida. Si miramos hacia atrás, desde que se inició este ciclo político en la ciudad a fines de 2019, el precio del boleto acumuló una suba astronómica del 10.200%. Sí, leyó bien: cinco dígitos de aumento para un servicio que, lejos de mejorar, se percibe cada día más deteriorado. Con este último salto del 24%, Mar del Plata se desmarca de Córdoba y Rosario ($1.720) y duplica con comodidad los valores del AMBA, consolidándose en el podio de las ciudades con el transporte más caro del país.
Para un vecino de nuestro mapa urbano que percibe un salario promedio de $750.000 y trabaja en el sector comercial con horario cortado —una realidad masiva en la ciudad—, la cuenta es demoledora: destinará más de $169.000 al mes solo para ir y volver de su empleo.
En limpio: un trabajador de comercio tiene que dejar casi el 23% de su sueldo arriba del micro. Trabaja una semana entera al mes exclusivamente para financiar el traslado hacia su puesto de trabajo.
Lo escandaloso de la situación no es solo el número que muestra la pantalla de la SUBE, sino el mecanismo político y el trasfondo contractual. El aumento sale directo del despacho del intendente Agustín Neme, beneficiario de esas ya crónicas "facultades delegadas" que el Concejo Deliberante le cede de manera automática, esquivando el debate abierto de cara a la sociedad.
Mientras el usuario financia una tarifa de nivel europeo, el Ejecutivo local decretó la quinta prórroga consecutiva de la concesión actual. El debate por un nuevo pliego de transporte, que redefina recorridos, exija unidades modernas y mejore las frecuencias para los barrios periféricos, volvió a patearse hacia adelante. Como mínimo hasta mediados de 2027, Mar del Plata seguirá atada a un esquema viejo, precarizado y parchado, pero a precio de oro.
Sin embargo, el bolsillo tiene un límite tolerable y la asfixia está generando una rebelión silenciosa en las paradas: la del algoritmo.
Ante la falta de respuestas institucionales, los marplatenses empezaron a aplicar la matemática de la supervivencia. Hoy, organizarse entre tres o cuatro compañeros de trabajo o vecinos para "armar pool" y trasladarse en aplicaciones de movilidad (como Uber o Cabify) dejó de ser un consumo de confort para transformarse en una estrategia financiera. Con el boleto a casi dos mil pesos, y sumando las promociones semanales o los reintegros de las billeteras virtuales, viajar cuatro personas en un auto directo, de puerta a puerta y en la mitad de tiempo, termina saliendo más barato por cabeza que tomarse el colectivo.
El gobierno municipal y las empresas del sector acaban de meter al transporte público en un círculo vicioso de manual: al encarecer el pasaje a niveles prohibitivos, expulsan a los usuarios estables hacia la informalidad del transporte privado. Menos pasajeros arriba de las unidades significarán, mañana, menos recaudación, menos subsidios por boleto vendido y la excusa perfecta para exigir un nuevo aumento de tarifa o un mayor recorte de frecuencias.
Viajar en colectivo en Mar del Plata dejó de ser un derecho urbano esencial para convertirse en un lujo inviable. Y cuando la gestión pública empuja al ciudadano a bajarse del bondi para poder llegar a fin de mes, el problema ya no es el costo del kilómetro: es el fracaso de un modelo que hace rato viaja en primera, mientras la gente espera en la vereda.

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