El plan perfecto: el cansancio crónico como política de Estado

 


Por @todopasamdp

Más de un millón y medio de argentinos tienen más de un empleo. Los últimos informes sociolaborales exponen cifras que son un verdadero golpe a la mandíbula: promedios salariales de $650.000 para quienes duplican su jornada, empujados por una Canasta Básica que mira a todos desde arriba. Pero la verdadera tragedia de esta radiografía no se lee en los gráficos del INDEC ni en los deciles de ingresos. Se vive y se sufre en la calle.

Quien transita el día a día sabe que el pluriempleo no es "cultura del trabajo" ni espíritu emprendedor; es una rueda de hámster diseñada para la supervivencia. Es esa maratón silenciosa, casi asfixiante, de saltar de la preceptoría en una técnica a cubrir el turno de maestranza bajo la ley 10430 en otra escuela, para después llegar a casa y seguir tecleando para mantener vivo un portal de noticias local. El tiempo se fragmenta, el cuerpo pasa factura, y la cabeza no frena.

Sin embargo, este agotamiento físico esconde un efecto secundario mucho más profundo y corrosivo para nuestra identidad: el vaciamiento de lo colectivo.

Cuando la energía entera se consume en la ingeniería financiera para llegar a fin de mes, el trabajador se aleja inevitablemente de la organización. La asamblea gremial queda vacía porque, sencillamente, no hay margen en el reloj. Las luchas particulares y las reacciones ante la injusticia siguen existiendo, por supuesto, pero la estructura cotidiana que le da fuerza al movimiento obrero se resiente.

Y el daño salta los muros del lugar de trabajo para golpear de lleno al barrio. La vida comunitaria exige un capital de tiempo que el mercado laboral ya nos expropió. Sostener a pulmón una sociedad de fomento, sentarse a redactar y llevar las notas al EMVIAL para exigir algo tan elemental como la señalización en complejos habitacionales como el de El Martillo, o involucrarse activamente en el día a día del club del cual somos hinchas, se vuelven lujos inalcanzables. Quienes le ponen el hombro a esas instituciones vecinales lo hacen restándole horas a su propio y merecido descanso.

Aquí es donde la trampa cierra de manera perfecta. Al Estado —en sus niveles municipales, provinciales o nacionales— esta fragmentación no le resulta un simple daño colateral; le es inmensamente funcional.

Un ciudadano agotado es un vecino que no reclama con insistencia. Un trabajador sin tiempo para articularse colectivamente es un individuo que reduce su demanda a la queja privada. La desmovilización por cansancio crónico se convierte así en el escenario ideal para quienes administran el poder de turno: significa menos presión organizada en las calles, menos control sobre las deficiencias de infraestructura barrial y menos fuerza de choque en las paritarias.

Nos están empujando a la soledad del pluriempleo, convenciéndonos de que la única salida es sumar más horas a nuestra propia rueda. Pero el alerta está a la vista, encendido y parpadeando: mientras corremos para empatarle a la inflación, estamos dejando morir de inanición a los espacios que históricamente nos defendieron. Y una sociedad fragmentada, sin red ni comunidad, es el negocio redondo para los que toman las decisiones.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Hacia un "Boleto Laboral"? La propuesta para bajar la informalidad y salvar las jubilaciones

Sin lugar para equivocarse

De residuos a recursos: el impulso financiero que transforma la economía social en la región