El banquete de los sobrevivientes: El comercio minorista y la trampa del ajuste

 


Por @Amarcosfranco

En las calles de Mar del Plata, la realidad económica se divide hoy en dos frecuencias que no se sintonizan. Por un lado, la frecuencia del Excel macroeconómico que celebra el orden fiscal; por otro, la frecuencia de la calle, donde el silencio de las persianas bajas y las sombras de quienes hoy duermen en los cajeros automáticos cuentan una historia muy distinta.

El minorista: El rehén de una guerra de trincheras

El comercio minorista marplatense es el campo de batalla donde la teoría deja de ser una abstracción. No es una sensación térmica: según la UCIP, las ventas de Reyes 2026 cayeron un 2,3% interanual, con un ticket promedio de apenas $45.000. El "consumo gasolero" no es una elección, es la consecuencia directa de un salario pisado que ha perdido su capacidad de ser el motor de la ciudad.

Zonas históricas como Juan B. Justo o 12 de Octubre registran tasas de locales vacíos que ya superan el 15%. Incluso en el corazón del consumo premium, la calle Güemes, los dueños deben atender personalmente para recortar costos de nómina. La "persiana baja" es el síntoma final de una rentabilidad que se evaporó entre la caída de las ventas y los costos fijos que no perdonan.

Fuente: Informe UCIP Reyes 2026 / Desocupación de locales

La paradoja de Manolo y el mito del alivio

El reciente video de Juan Manuel Santurian (CEO de Manolo) pone voz a un malestar profundo: la asfixia fiscal. Pero su reclamo esconde una verdad incómoda para los "aplaudidores" del ajuste. Incluso un imperio como el de los churros más famosos del país entiende que el éxito privado no puede existir en un desierto público.

Existe una estirpe de empresarios que celebran la poda estatal con fervor, creyendo en un darwinismo económico donde solo quedarán los "aptos". Suponen que, si el vecino cierra, habrá más mercado para ellos. Lo que no ven es que la desfinanciación del Estado termina por morderles la cola.


El Estado como infraestructura: Cuando se desfinancia al Estado para lograr el "alivio", se degrada el entorno. Una ciudad con menos seguridad, menos iluminación y sin mantenimiento deja de ser atractiva para el turista.

Del local vacío a la situación de calle: El minorista que apoya que se pisen los salarios para "bajar costos" está destruyendo a su propio cliente. Cuando el consumo cae, el comercio cierra; cuando el comercio cierra, el empleado termina en la calle. Y si el Estado también se retiró de su rol de contención, la indigencia es el único destino.

Conclusión: El último en apagar la luz

La apuesta por ser un "sobreviviente" es una fantasía de corto vuelo. La economía no es un espacio vacío que se hereda; es un ecosistema. Si el ecosistema muere por falta de consumo y abandono estatal, el sobreviviente no es un ganador, es simplemente el último que se queda solo en una ciudad fantasma.

Los datos de recaudación en caída libre que mencionaba el ministro Pablo López confirman que el sistema llegó a su límite. Sin salarios dignos no hay ventas, sin ventas no hay impuestos, y sin impuestos el Estado pierde la capacidad de respuesta, dejando a los sectores más postergados —aquellos que ni sueñan con vacaciones— a la deriva total.

Mar del Plata hoy grita que ya no tiene resto. La asfixia fiscal es real, pero el desfinanciamiento ciego de lo público es el veneno que termina por cerrar las persianas que el ajuste prometió salvar.




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