El "Caballo de Troya" en el plato de los argentinos
Por @Amarcosfranco
La reciente firma del Acuerdo de Comercio e Inversiones con Estados Unidos ha sido presentada por el Gobierno como un hito exportador. El salto de la cuota vacuna de 20.000 a 100.000 toneladas anuales —un negocio potencial de U$S 800 millones— es, sin dudas, un oxígeno necesario para las reservas del Banco Central. Sin embargo, bajo el brillo de las divisas, se esconde una asimetría que amenaza con desmantelar una de las historias de éxito más recientes de nuestra producción nacional: el sector porcino.
La reciprocidad exigida por Washington no es gratuita. A cambio de vender más cortes vacunos (un negocio concentrado en grandes frigoríficos exportadores), Argentina abre las puertas a la carne de cerdo y ave estadounidense. Aquí radica la trampa: el productor de Iowa no compite en igualdad de condiciones con el de Tandil o Pergamino. Mientras en Argentina el sector sobrevive sin crédito y con costos logísticos asfixiantes, el cerdo de EE. UU. llega "blindado" por la Farm Bill, con granos subsidiados y seguros estatales que garantizan su rentabilidad.
Los números son elocuentes. Producir un kilo de cerdo en pie en Argentina cuesta entre U$S 1,45 y U$S 1,55, frente a los escasos U$S 1,15 del gigante del norte. Esta brecha del 25% no responde a una mayor eficiencia genética, sino a una distorsión estatal que Argentina hoy no puede compensar.
El riesgo es social y territorial. En nuestro país existen 77.000 establecimientos porcinos; de ellos, más de 13.500 están en la Provincia de Buenos Aires, corazón de una industria que acaba de alcanzar un récord histórico de consumo de 18,9 kg por habitante. Si el mercado interno se inunda de cerdo subsidiado, no solo peligra el precio en góndola —que hoy oscila entre los $7.500 y $12.000 según el corte—, sino la supervivencia de miles de pymes.
Para que este acuerdo no sea una "entrega de soberanía", como advierten voces críticas, el Estado debe aplicar salvaguardas urgentes: barreras sanitarias estrictas, etiquetado de origen y aranceles compensatorios. Integrarse al mundo es imperativo, pero no a costa de liquidar el motor de nuestras economías regionales. No permitamos que el asado que exportamos nos cueste la industria que nos da de comer.
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