Cosquín y la profecía de las luciérnagas apagadas
Hace medio siglo, un poeta y cineasta italiano llamado #pierpaolopasolini lanzó un grito de auxilio que hoy rebota con una vigencia aterradora en la Plaza Próspero Molina. Pasolini, intelectual indomable y autor de las Cartas luteranas (Editorial Trotta), no era un nostálgico del pasado, sino un observador del futuro. Él predijo la "mutación antropológica": ese proceso por el cual el #consumismo feroz borraría las #CulturasPopulares para convertirlas en un subproducto del espectáculo.
La reciente polémica en el Festival de Cosquín, donde la crítica política se paga con el silencio y la exclusión, es el síntoma definitivo de que la profecía de Pier se ha cumplido.
Pasolini explicaba que el "nuevo #fascismo" no necesita camisas negras, sino pantallas y una falsa sensación de libertad. En este contexto, un festival que nació para ser el rugido del pueblo se transforma en una vidriera pulcra donde la disidencia incomoda. Cuando los organizadores o el poder de turno deciden qué artista puede hablar y qué artista debe callar para "no politizar", no están protegiendo la cultura; están cavando su tumba.
Para Pier, la cultura popular era una "luciérnaga": una luz pequeña, errática y auténtica que brillaba en la oscuridad. Hoy, los grandes reflectores del "entretenimiento para todos" han extinguido esas luces. Lo que queda en la plaza no es el folclore como herramienta de lucha, sino un simulacro diseñado para no molestar al algoritmo ni a la pauta publicitaria.
Si Cosquín deja de ser el espacio donde el país se dice sus verdades más amargas —como las que señala la nota de La Voz del Interior—, entonces ya no es un festival popular. Es, simplemente, una sucursal más del mercado global. Pasolini nos advertía que la verdadera tragedia no es la censura directa, sino la autocensura por el deseo de agradar a la masa.
¿Estamos dispuestos a recuperar la luz de las luciérnagas o nos conformaremos con el brillo artificial de una plaza que ya no se anima a cantar lo que duele?

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